Josefina Aguilar, reconocida por su celebración de la vida cotidiana oaxaqueña a través de sus emotivas y pintorescas figuras de barro pintado, falleció el pasado febrero a los 80 años. A continuación, compartimos los recuerdos de tres personas cuyas vidas ella tocó de maneras profundas, y a través de quienes su legado permanece vivo.

Annie O’Neill

Experta en arte popular mexicano y asesora de Nelson Rockefeller

La historia de cómo Nelson Rockefeller conoció a Josefina Aguilar Alcántara y su familia a finales de los años setenta se ha convertido en leyenda. Annie O’Neill, experta en arte popular mexicano, artista y miembro desde hace muchos años del consejo asesor de FOFA, fue quien organizó la visita de Rockefeller a los Aguilar, tras años de asesorarlo y ayudarlo a construir su extensa colección, la mayor parte de la cual se encuentra hoy en el Museo de Arte de San Antonio. A continuación, el recuerdo de Annie sobre los primeros años de Josefina y sus hermanas, y sobre aquel histórico encuentro.

Primeras obras de Josefina Aguilar vendidas por Annie O'Neill en 1968 a Nelson Rockefeller para su colección
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onocí a Josefina Aguilar a finales de los años sesenta, cuando era propietaria de una galería y tienda de arte popular mexicano llamada The Mexican Art Annex, en Manhattan. Realizaba viajes de compra a México dos veces al año, y fue en una tienda llamada Yalalag, en Oaxaca —que había adquirido la mayor parte de la producción de la familia Aguilar— donde vi por primera vez las campanillas de barro de los Aguilar. Nelson A. Rockefeller, apasionado coleccionista de arte popular mexicano, descubrió mi tienda en 1968 y siguió visitándola durante años, tanto en su época de gobernador como de vicepresidente. Comenzamos a trabajar en el libro sobre su colección, Tesoros populares de México: La colección de Nelson A. Rockefeller, y el viaje a Oaxaca que organicé para él en 1978 tenía como propósito reencontrarlo con algunas de las regiones que había visitado en 1948.

Annie y Nelson Rockefeller frente al hogar de los Aguilar en Ocotlán en 1978

Cuando llevé a Rockefeller al hogar de los Aguilar en Ocotlán en 1978, Josefina tenía 33 años. Ella y sus tres hermanas: Guillermina, Irene y Concepción, estaban formando sus propias familias, y en ese momento trabajaban con su madre y su padre en el taller de la casa. Ocotlán no tenía calles pavimentadas, y sobre la carretera principal había algunas casas tradicionales y un mosaico de tierras de cultivo. Era un lugar polvoriento y poco transitado. Frente a su casa había una cerca de madera con figuras de gran tamaño —de casi dos metros de altura— exhibidas sobre los postes. La pintura de estas figuras estaba desvanecida por el sol y deteriorada por la lluvia. Pero lucían tan magníficas en su imperfección, con flores que se elevaban hacia su indumentaria de cerámica.

Figuras de barro de la familia Aguilar en cerca de carrizo

Josefina y sus hermanas trabajaban sobre el piso de tierra, rodeadas de niños llorando, frascos de pintura y uno que otro pollo. Me sorprendió que pudieran crearse piezas tan interesantes en un espacio bastante caótico donde la vida y el trabajo se entretejían.

De izquierda a derecha: las hermanas Josefina Aguilar con la pequeña Leticia; Concepción Aguilar; Irene Aguilar

Estaban muy contentas de vender directamente a un comprador en lugar de a un intermediario, y no tenían idea de quién era Rockefeller. Desde tiempos precolombinos, e incluso antes, las «muñecas» o figurillas eran muy comunes en México. Los Aguilar se apartaron de la tradición al crear una base en forma de campana para sus figuras, de modo que pudieran mantenerse en pie. Las primeras campanillas Aguilar solo tenían rostros pintados; los cuerpos eran de color terracota con un pequeño badajo de barro en su interior. Hoy, estas piezas tempranas se encuentran tanto en el Museo de Arte de San Antonio —donde donamos la parte principal de la Colección Rockefeller de Arte Popular Mexicano— como en el Museo Mexicano de San Francisco.

Con el tiempo, las cuatro hermanas Aguilar tomaron caminos propios y se establecieron en sus respectivos talleres hogareños. Tras la pavimentación de la carretera en Ocotlán, instalaron grandes letreros en sus estudios al borde del camino, recibiendo visitas constantes de coleccionistas que preferían acudir directamente al lugar de creación y comprar de manos del artista.

De la colección personal de Annie O'Neill: primeras campanillas pintadas de la familia Aguilar; tres representaciones de vendedoras del mercado por Josefina

Josefina y su numerosa familia estaban en el umbral del cambio y la innovación, e incluso hoy ha influido en muchos miembros jóvenes de la familia y en quienes la han visitado. Sus hijos, su hija y sus respectivas familias se han ramificado para crear sus propias piezas únicas, asegurando así que su legado perdure.

Texto y fotografías de esta sección por Annie O’Neill.

Leticia Aguilar, hija de Josefina.

Una hija amorosa evoca los dones de su madre

Leticia Engracia García Aguilar es la única hija de Josefina, y a lo largo de su vida compartieron un vínculo muy cercano. Para Leti, su madre era una mujer extraordinaria: estricta como maestra, pero profundamente amorosa y comprensiva. Recuerda con cariño que Josefina jamás descuidó su crianza; estuvo presente en cada etapa de su vida, para guiarla y aconsejarla, y al mismo tiempo enseñaba a todos sus hijos a trabajar con el barro. Era una labor ardua, considerando que, además de Leti, Josefina tenía otros siete hijos.

Izquierda: Josefina con Leti a su lado; derecha: Leticia trabajando con barro de pequeña

Leti atesora los recuerdos de sus primeros momentos trabajando con el barro. Cuando era muy pequeña, se sentaba junto a su madre y observaba cada uno de sus movimientos. En esos instantes, Josefina era a la vez madre y maestra: cuidaba a su pequeña hija mientras le transmitía pacientemente los secretos de su oficio. Leti creció rodeada de barro, pintura y la orientación de su madre, quien le enseñaba supervisando su trabajo y haciéndole recomendaciones. «Tienes que hacer los brazos de tus mujeres más anchos; están demasiado delgados», le decía, o «Debes reducir el tamaño de la nariz, o arreglarles la boca, porque ahora parecen que están silbando». De esas correcciones emergió la cualidad que hoy distingue el trabajo de Leti: su dominio de la expresión facial en sus personajes.

Mientras aprendía el oficio, Leti fue testigo del ascenso de su madre como artesana de renombre. Pronto comprendió que Josefina era famosa: la gente acudía en masa a visitarla, a fotografiarla y entrevistarla como si fuera una estrella de cine. Leti admiró profundamente a su madre desde muy pequeña, lo que con el tiempo la llevó a dedicarse al mismo oficio. Hoy, Leticia es una artista reconocida por mérito propio, habiendo encontrado a lo largo del tiempo su propio estilo distintivo aunque, como homenaje al legado de su madre, su obra conserva algunos de los sellos característicos de Josefina. Quienes conocen el trabajo de Josefina reconocerán en Leti la forma de representar los ojos de sus figuras: esas dos inconfundibles líneas pequeñas, así como sus recurrentes representaciones de vendedoras del mercado, floristas y «Fridas».

Selección de obras de Leticia

Josefina infundía en cada pieza expresión y vitalidad, como si soplara un fragmento de su propia alma en cada personaje. Leti siente que cada figura que Josefina creó posee su propia personalidad y carácter únicos, como si verdaderamente tuvieran vida propia.

Hasta el día de hoy, Leti aplica los consejos técnicos que su madre le dio de niña, y sabe que siempre lo hará: cómo reparar piezas dañadas, los mejores métodos para construir figuras de más de un metro de altura, y mucho más. Ante cada desafío, las palabras de Josefina permanecen con ella, tan vigentes ahora como cuando las escuchó por primera vez de niña.

Foto reciente de Josefina y Leticia

Leti quisiera que Josefina sea recordada tal como fue: una persona generosa con su familia y su comunidad, una madre amorosa y una artista; pionera en el arte de la alfarería policromada en Ocotlán. Por eso siente la responsabilidad de seguir creando cada pieza con todo su corazón, honrando el legado de su madre.

Fran García Vázquez, nieta de Josefina.

La hija de una nueva generación, eternamente agradecida por la bondad de su abuela.

Josefina, su hijo Demetrio García Aguilar (padre de Fran) y su nieta Fran García Vázquez

Fran recuerda a Josefina como su segunda madre. Compartían un vínculo muy estrecho, lleno de afecto, aceptación y barro. Para Fran, su abuela era el pilar que sostenía a toda la familia; su hogar era el punto de encuentro donde todos se reunían, compartían historias y celebraban tradiciones como la Semana Santa y el Día de Muertos. Desde muy pequeña, Fran notó que la casa de Josefina era constantemente visitada por turistas y periodistas, una observación que despertó en ella una profunda admiración por su abuela.

Josefina y su esposo José García Cruz cargando a Fran (izquierda) y al hermano de Fran, Pablo Demetrio (derecha)

Josefina fue su maestra de vida. Exigente como mentora, le enseñó a Fran que cada pieza debe crearse desde el corazón. Fran aprendió a esculpir casi como si fuera un juego, imitando los movimientos de su padre, Demetrio, y de su abuela, y observando con atención cómo daban vida a sus creaciones. En medio de estas lecciones cotidianas, Fran escuchó a su abuela pronunciar una frase que permanece grabada en su memoria hasta hoy: «Siempre deja un pedazo de tu corazón en cada pieza que hagas».

Un recuerdo que Fran atesora es el de una tarde en que Josefina —quien para entonces había perdido la vista como complicación de la diabetes— le enseñó a hacer un «wico» (un pequeño jarro con cabeza de animal en la parte superior). Fran observó con asombro cómo las manos de su abuela moldeaban el barro, dando forma a la figura sin necesidad de verla. Luego Fran tomó el barro y siguió esculpiendo, mientras Josefina escuchaba en silencio. Un simple toque a la pieza era suficiente para que Josefina supiera exactamente lo que hacía falta —o lo que sobraba: un poco más de barro aquí, un poco menos allá. Enseñaba con las manos. Es un momento que Fran lleva profundamente grabado en el corazón.

Con el tiempo, Fran ha encontrado su propio estilo. Comenzó creando piezas tradicionales, como personajes del mercado, pero hoy su trabajo aborda temas sociales como la diversidad y la inclusión. Crea sirenas «muxe», pues a su modo de ver, ni las muxes ni las sirenas están determinadas por el género. También tiene una serie de coloridos personajes drag queen. A través del barro, Fran busca dar visibilidad a lo que ya existe, a aquello que merece ser visto.

Fotografías de la obra de Fran

Fran quisiera que su abuela sea recordada como la gran artista y alma generosa que fue. Le agradece haberle enseñado el oficio que hoy es su sustento, y también por su aceptación, primero cuando se declaró abiertamente gay, y luego cuando abrazó su identidad como mujer trans. Su abuela jamás la rechazó. «Me abrió las puertas de su casa. Más allá de ser una artista, era una abuela; me dio tanto amor y me enseñó tantas cosas.»

Fran está decidida a continuar con este trabajo que ama durante todo el tiempo que la vida le permita. Para ella, ese es el legado más valioso de su abuela: haberle heredado una pasión por lo que hace. Sueña con que algún día ella misma pueda ser una inspiración para alguien más, y con que su trabajo ayude a cambiar algo: la homofobia, el acoso, o las etiquetas que dividen a las personas.

Video reciente de Josefina Aguilar moldeando barro en su taller en casa (crédito: Annie O’Neill)

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